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Cómo lo hemos logrado

Por: Ivelisse Agostini

He escrito con satisfacción las historias de conocidos y amigos que de forma anónima han compartido historias increíbles de amor. Entre éstas he incluido re-encuentros después de muchos años; sobre segundas oportunidades con la misma pareja o con una nueva y sobre parejas que se han conocido por una aplicación, entre otras, pero todas con presentes felices.  En esta ocasión, cuento parte de mi historia de amor con el que ha sido mi compañero de vida por casi 45 años. Finalmente resumo algunos conceptos de vida sobre lo que muchas veces nos preguntan: ¿Cómo lo han logrado?

Cuando mi esposo y yo mencionamos que llevamos 41 años casados, sabemos que habrá quien piense que estamos haciendo alarde de una “eterna felicidad en pareja”, cuando la verdad, se trata de haber podido sobrellevar un sinfín de dificultades a través del tiempo, en donde compromiso, voluntad y esfuerzo han propiciado el triunfo del amor.

Nos conocimos siendo yo una adolescente inocente que venía de crecer con escasez de amor paterno. Entonces él era un joven excepcional, pero que cargaba con algunas frustraciones que no descubrí hasta después de haberme enamorado.

Enamorados al punto de entender que estábamos mejor juntos que separados, luego de tres años de noviazgo nos casamos, muy jóvenes, pero llenos de ilusiones. Sin embargo, antes de cumplir el primer aniversario ya habíamos tenido una primera crisis, al punto de que yo presenté la opción de separarnos. La decepción partía de que me esmeraba en tener todo en orden y que nuestro apartamento fuera un lugar maravilloso a donde regresar luego de nuestros respectivos trabajos, pero entre sus celos e intransigencias, yo me sentía ahogada y hastiada. Al enfrentarse con mi determinación y darse cuenta de que era real, me pidió perdón y aceptó sus errores.  Luego de una larga conversación en la cual compartimos diferencias, terminamos negociando. Por su parte, me aseguró que si lo había querido tanto actuando equivocado, mas lo iba a querer al hacer los cambios. Y, créanme, fue palabra fiel.

Meses después, descubrí que estaba embarazada pero al día siguiente de confirmarlo con el médico, tenía síntomas de aborto.  Una llamada bastó, para que en menos de una hora estuviera en el apartamento con dos semanas de vacaciones que iba a dedicar a cuidar de mí para que yo permaneciera acostada. No pude volver a trabajar en todo el embarazo y me cuidó como a un tesoro, aun con la tensión que conllevaba el hecho de que yo no estuviera trabajando y lo que económicamente ello representaba. Nació mi primer hijo y un año y medio después el segundo y estuve en casa para cuidarlos en sus primeros años. A través del tiempo seguimos enamorados y siempre muy unidos, dedicando mucho de nuestro tiempo y energía al bienestar de la familia. Trabajamos siempre a tiempo completo y puedo decir con orgullo que siempre fuimos leales uno al otro y que progresamos como pareja porque él cumplió sus promesas y yo me esmeraba en paciencia y afecto para que fuera bien feliz. Sin embargo, comenzaron los desencuentros como padres, porque a pesar de que él era un modelo de integridad, un excelente proveedor y trabajador incansable, le costaba expresarse efectivamente con los chicos y era muy estricto. Por eso, a los 10 años de casados, luego de una discusión relacionada a los nenes y muy decepcionada por su intransigencia, hablamos de separarnos. En el transcurso de dos días y con todo ya recogido para irse, se acercó a mí valiente y hábilmente y me pregunto si íbamos “a echar por la borda” todo el amor y todo lo que habíamos construido juntos. Entonces exigí que fuéramos a buscar ayuda profesional como único recurso que podía provocar un cambio.   La ayuda que encontramos de alguna manera vino de Dios, porque el psiquiatra que vimos era un hombre con valores que fue soltando nuestras “capas” y descubriendo nuestros traumas y la dinámica familiar. Luego de tres visitas nos dijo, que estábamos listos, que solo faltaba poner en práctica lo que habíamos aprendido. Hasta el sol de hoy… No es que todo fuera de ensueño, porque los hijos crecieron y con ello volvieron los “dolores de parto” y algunos desencuentros, pero aprendimos a “salirnos del medio” cuando uno u otro no podía “bregar”, a saber imponerse o negociar cuando era necesario y a expresar el amor que sin duda siempre tuvimos por nuestros hijos. De aquellas terapias aprendimos que ser demasiado exigentes con los hijos provoca rebeldía, pero ser demasiado benevolente, provoca manipulación. Tratamos de convertirnos en un equipo con balance que pudo ganar muchas “contiendas”, pero también perdido otras. Aun así siempre quedará la satisfacción de que ambos hicimos lo que pudimos mejor.

En torno a mí, muy temprano en el matrimonio quedaron atrás los celos y una silente competencia que mi esposo mantenía conmigo, esmerándose entonces en hacerme sentir querida y protegida, algo que hizo que el amor fuera creciendo a través del tiempo. Llegado un punto cada uno estaba claro de lo que podía esperar del otro.

La vida nos sorprendió cumpliendo 25 años de casados con nuestros hijos brindando. En la fiesta de aniversario reunimos a familia y amigos para celebrar lo que nuestro suegro ya fallecido había predicho “Aun con sus diferencias, ustedes van a lograr ser un matrimonio bien avenido”.

Algo de lo aprendido:

  • La atracción física es importante, debe valorarse, respetarse y disfrutarse.
  • Dios debe estar presente en el hogar. Mi esposo siempre respetó y admiró los procesos de Fe míos, hasta que por fin, ya abuelo, comenzó a acompañarme a la iglesia, descubriendo que allí se siente y lo pasa muy bien.
  • Hay que aprender a vivir un día a la vez, sin demasiadas expectativas y sin rencores. Eso ayuda a vivir el presente e impide que las preocupaciones afecten las relaciones.
  • Ninguno es perfecto, pero hablando se entiende la gente, especialmente si se seleccionan los momentos adecuados para hacerlo.
  • En momentos de dificultad mayor, hay que buscar ayuda profesional para identificar dónde está el disloque. Con ayuda se aprende a canalizar las frustraciones y el coraje y se aprende a valorar la negociación.
  • Es recomendable compartir las finanzas, no solo para efectos de gastos, sino para lograr metas y darse gustos. Es un acto de confianza que se proyecta en todo lo demás de la vida en común. En nuestro caso, a veces nos reímos diciendo que si hubiéramos ahorrado más, viajado menos y no hubiéramos sido tan espléndidos con los hijos, ahora estaríamos ricos, pero igual no hubiéramos tenido vivencias inolvidables y no hubiéramos podido hacerlo todo tan jóvenes.
  • Hay que admirar lo que nos une y aceptar las diferencias. Cada cual debe permitir que su pareja disfrute de su espacio de entretenimiento: costura, cocina, lectura o artes manuales, ebanistería, mecánica, etc., compartiendo resultados.
  • Hay que evitar imponerse al otro en torno a los gustos sobre películas, comidas, relaciones, etc., tratando de juntos compartir los gustos comunes.
  • Cada cual debe mirar toda situación de conflicto “desde afuera”. De esta forma se puede analizar imparcialmente. sin drama ni emociones.
  • La pareja hay que cuidarla y apoyarla para que se sienta amada y respetada. Hay que velar por su salud, por su presencia, por su bienestar general, desde jóvenes y hasta más, cuando se va acercando la vejez.
  • Al final: ¡Hay que celebrar la vida! No hay manera de mantener una pareja si la vida se convierte en una rutina que se circunscriba al trabajo y a lo que hacemos en casa, por mucho que nos guste. Hay que salir, distraerse, conocer lugares, personas y crear un “mundo pequeño” al que solo entren los que juntos acepten para compartir agradables momentos. Nadie puede anticipar hasta cuánto vivirá, pero si tratar de acumular el mayor grupo de vivencias sanas, que no siempre tienen que ver con mucho dinero, pero si con grandes deseos.

No importa cuánto tiempo se lleve como pareja, siempre se pasan momentos de tensión, pero lo importante es asegurarse de que aun siendo tan distintos, les agrade estar unidos, siempre recordando la necesidad del espacio individual y de no agobiar al otro. Es de la única forma que se puede vivir una relación sin destruir el amor, una relación de paz, que valga la pena prolongar y atesorar.

Como diría el Papa Francisco: “La verdadera alegría viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida.


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