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La manifestación del Maltrato

Por: Sylvia A. Agostini
editorial@placerespr.com
 

Casi a diario somos informados sobre distintos casos de violencia o maltrato, dentro y fuera de nuestra Isla.  Algunos conforman narraciones ciertamente espeluznantes. Esta situación toca las fibras más íntimas de nuestro ser y el error más grande que podemos cometer es creer que sólo ocurre entre personas con menos educación o poder adquisitivo.

La violencia es como un monstruo de grandes tentáculos que afecta todo el entorno social del maltratante y de su víctima.  Sabemos que lo común es que la misma esté dirigida mayormente a la población femenina y, por ende a los niños.  Sin embargo, esta condición no discrimina y afecta también a padres, ancianos y hasta a los mismos hombres.

Se dice que no fue hasta fines de la década de los ’80 cuando se reconoció que la violencia y el maltrato en el ámbito familiar era un problema social. Este reconocimiento no ha sido suficiente, porque todavía muchos ignoran que las agresiones no sólo son de índole físico o sexual, sino psicológicas. La agresión es dañina sin importar su carácter. A veces, una persona víctima de agresión psicológica sufre más que una maltratada físicamente. Ambas situaciones minan la autoestima y la seguridad de la víctima.

Por lo general, las agresiones ocurren en forma súbita, pero en muchos casos han sido graduales y la víctima no ha sabido o no ha querido aceptarlo. Muchas parejas han sido sometidas a violencia o trato cruel desde el inicio de sus relaciones, pero, el victimario es un típico manipulador, que les halaga o les expresa arrepentimiento, una vez comete uno de sus actos. Cuando el maltratado es un niño, tristemente, se le hace creer que merece ser castigado de forma violenta y que la culpa la tiene él.

Inicialmente la víctima de maltrato siente sorpresa, coraje, desorientación, pero luego se intimida y reprime. La situación emocional puede ser tal que, en muchas ocasiones, una mujer maltratada desvirtúa su realidad y se culpa de provocar los hechos. Incurre en una actitud pasiva y trata de amoldarse como si fuera algo natural.

Desafortunadamente los agresores saben identificar quiénes pueden ser su víctima más fácil: aquella que está sola, que no cuenta con respaldo familiar. En algunos casos, éste separa y distancia a la víctima de su familia.

El maltrato físico es evidente y, en ocasiones, el victimario combina la agresión física con la agresión moral.  Lo triste de estos casos es que cuando se trata de una mujer, los hijos son tan victimas como la madre agredida. El maltrato lacera lo profundo de su ser y los afecta en su personalidad. Por eso es común encontrar entre estos, niños que suelen ser agresivos, violentos, de reacciones inesperadas o, que parecen muy pasivos, pero son como “bombas de tiempo” porque viven reprimiendo su dolor y rebeldía.

La violencia es para el maltratante una forma de poder y de confianza que, por lo general, sirve para encubrir su baja autoestima.  Este es un fenómeno social, complejo y de grandes dimensiones.

En Puerto Rico existe la Ley 54 creada para salvaguardar los derechos de las mujeres víctimas de maltrato. Asimismo, contamos con la Oficina de Asuntos para la Mujer y el Departamento de La Familia que se integran cuando se trata de asistir a las víctimas. Además, existen diferentes instituciones que ayudan a romper el ciclo de violencia.

El incremento de los casos de violencia doméstica y de maltrato es una señal de deterioro moral y de retraso cultural; recalca la falta de valores, la poca tolerancia, la falta de empatía y respaldo por parte de la sociedad.

Debemos asegurarnos de combatir la violencia doméstica en cualquiera de sus manifestaciones y ser solidarios con las instituciones que dan apoyo y protección a víctimas de maltrato. Hagámoslo ya.


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