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Cuando comer vuelve a ser un placer: mente y cuerpo en equilibrio

Por: Lcda. Zilka Ríos, nutricionista-dietista y colaboradora de MCS

Comer debería ser uno de los placeres más sencillos de la vida. Sin embargo, para muchas personas, se ha convertido en una experiencia cargada de reglas, expectativas y de un diálogo interno constante. Hoy tenemos mucho conocimiento sobre los alimentos, pero aun así comer suele venir acompañado de culpa, dudas o la sensación de no estar haciéndolo bien. Esto suele estar relacionado con la manera en que pensamos sobre la comida y sobre nosotros mismos al comer.

Gran parte de esta tensión nace de pensamientos automáticos que aparecen sin invitación: “ya fallé”, “esto no debería comerlo”, “no tengo disciplina”. Estas ideas, aunque comunes, no son hechos. Son interpretaciones aprendidas y, por lo tanto, puedes transformarlas.

Crear una nueva relación con la comida empieza por observar el diálogo interno, sin juzgarlo. Antes de cambiar lo que hay en el plato, conviene detenerse a notar cómo nos hablamos cuando comemos. ¿Hay rigidez? ¿Exigencia? ¿Culpa? Hacer conciencia de ese tono interno es el primer paso hacia un cambio más profundo y sostenible.

El siguiente paso es introducir flexibilidad. La salud no se construye desde la perfección, sino desde la consistencia. Pensar en términos de “todo o nada” suele generar más presión que bienestar. En su lugar, puede ser útil preguntarse: ¿qué necesito ahora para sentirme nutrido y satisfecho? A veces la respuesta será una comida balanceada; otras, simplemente comer y continuar el día sin castigarse mentalmente.

También ayuda a simplificar las decisiones. No hacen falta reglas complicadas ni planes imposibles de sostener. Priorizar alimentos reales la mayor parte del tiempo, mantener opciones nutritivas accesibles y construir comidas que incluyan proteína, fibra, carbohidratos y grasas saludables reducen la carga mental y la ansiedad alrededor de la comida.

Otro cambio clave es pasar del control al cuidado. Comer bien no significa vigilar cada bocado, sino responder a las necesidades del cuerpo con atención y respeto. Esto incluye comer con regularidad, reconocer señales de hambre y de saciedad y permitir el disfrute sin culpa. El placer no está reñido con la salud; de hecho, suele ser parte esencial de ella.

Cuando aparezca un pensamiento limitante, puede ayudar generar dos o tres alternativas más realistas. Sustituir “dañé el día” por “puedo retomar en la próxima comida” entrena a la mente a responder con más calma y menos juicio.

La forma en que nos hablamos importa tanto como lo que comemos. La autocompasión favorece cambios a largo plazo más que la autocrítica constante. Al final, comer mejor no es una tarea rígida ni una meta perfecta: es una relación que se cultiva con intención, presencia y disfrute. Y cuando la mente se relaja, comer vuelve —por fin— a ser un placer que favorece tu bienestar.


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