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Recordando al Dios de la Ternura

Por: Ivelisse Agostini
iagostini@placerespr.com

Entre los legados más importantes de mi madre, agradezco infinitamente que me haya educado en un colegio católico, donde con sus defectos y virtudes, las monjitas de entonces, me enseñaron a amar a Dios y a conocer el Evangelio. Eso nunca ha impedido, ni tiene nada que ver, con que respete y admire personas de otras denominaciones, especialmente cristianas. De igual forma, respeto que otros difieran, pero duele cuando algunos no son capaces de respetar nuestras creencias o generalizan para atacarnos a todos, cuando, como humanos, algunos cometen errores que, de hecho, no discriminan a los que no crean. Agraciadamente, vivimos en una sociedad en la que se nos permite escribir y al lector escoger si desea leer.

Vivimos momentos de cambios que provocan incertidumbre, tensión y desasosiego, algo que abre puertas para que algunos duden, para que se alejen de Dios, para creerle a los hombres. Precisamente por los momentos que vivimos es que debemos acercarnos más a Dios.

Con lo antes expresado, establezco que uno de los momentos más importantes en mi formación fue tomar los “Talleres de Oración y Vida” del Padre Ignacio Larrañaga, sacerdote español, ordenado Franciscano Capuchino, que fue trasladado a América desde muy joven. Padre Ignacio Larrañaga dejó grandes obras escritas que han sido traducidas a varios idiomas, pero sobre todo, desarrolló vivencias y talleres con los cuales ayudó a los católicos a acercarse más a Dios y a practicar obras de caridad.

Había escuchado que en la Iglesia anunciaban estos talleres, pero no fue hasta el año 2013 que pude tomarlos. Entonces pasaba por uno de los momentos mas complicados de mi vida en los que decidí renunciar a un gran puesto donde devengaba un excelente sueldo para proteger mi dignidad y apostar por un proyecto que había ideado hacia tres años, pero sin dinero ni garantías. “Causalmente”, tomada mi decisión, anunciaron los Talleres en mi parroquia y me apunté. Tenía que dedicar 2 horas de un día, durante varias semanas, pero aseguro que la riqueza que emana de estos, bien vale el esfuerzo.

Entre el sinnúmero de temas que se van tocando de semana en semana te vas acercando y mejorando tu comunicación con Dios, estableciendo una relación más estrecha que la que nunca hayas tenido, arropándote con la paz y el amor que a través de Jesús, nos dio a conocer el Padre.

Precisamente el taller sobre el tema de Dios Padre, al que Padre Ignacio llamó “El Dios de la Ternura” fue el que más me gustó y el que entiendo transformó mi vida. Por eso, este artículo lo dedico a compartir algunas de las ideas que más destacan del mismo. Y, es que la habilidad de hablar como el Padre con absoluta confianza y abandono, rinde frutos. El se ocupa de poner la casa en orden aunque “camines por caminos inciertos”.

Según explicase Padre Ignacio, en palabras sencillas que trato de transcribir en este reportaje, con comillas o sin ellas, “Jesús creció como un niño normal, aun siendo diferente. De esta forma, creció entre todos los que llamaban a Dios de mil maneras, como Yahvé, Jehová y hasta “el temible del Sinaí”… una figura lejana y hasta castigadora. Sin embargo, es Jesús quien comenzó a tratar a Dios como el Padre más amante y querido de la tierra.

El Evangelio habla reiteradamente de que Jesús se retiraba solo, a lugares apartados como el desierto o una montaña, para estar a solas con el Padre. Se intuye por ello que ésta fue la forma en que a través del tiempo Jesús desarrolló intimidad y un amor profundo al Padre. “Un amor que creció con deseos de darse y se consuma en el olvido total y en un gozo recíproco. La confianza creció en Jesús como árbol frondoso que con su sombra cubrió los impulsos del joven para desarrollar su intimidad y amor a Dios”, explica Larrañaga. “Su temperamento sensible ante la cercanía a Dios lo lleva a la conclusión de que Dios no era el “temible del Sinaí… porque Jesús descubrió la ternura de Dios con certeza, júbilo y libertad y promovió que el Señor Dios es el Padre más querido y amante de la tierra”.

Jesús revoluciona el mundo proclamando que el Padre no es temor sino amor; es justicia; es misericordia; ternura; perdón; cuidado; cariño y mucho más. Mejor aún, nos hizo saber que debemos dejarnos amar por Dios. Por tanto, existe un reino nuevo, sorprendente, alegre descubierto por Jesús. “Jesús demostró sentirse amado y liberado, porque donde hay amor no hay temor. Solo los amados, aman siempre y no pueden dejar de amar. Con Jesús Dios tiene un nuevo nombre: “Padre”, porque hace lo que hace un padre ideal, está cerca, protege, te cuida, te acompaña y vela por ti. Jesús nos habla de un Padre al que hay que adorar y abandonarse con confianza infinita e incondicional, porque son las manos cariñosas y todopoderosas del Padre”, añade.

“Desde la profundidad de su amor Jesús llamó a Dios: “Abba”, que quiere decir Oh mi querido Papá, un paso atrevido, pero que implicaba llamarlo como un niño hablaba con su padre: papi, papito o semejante”. El Hijo, Jesús, es el único que conoce a Dios de una forma tan cercana y nos quiso enseñar que esta es la manera de hablar con Dios. “A sus 30 años, Jesús se lanza para gritar, aclamar y proclamar la gran noticia de que el Dios del Antiguo Testamento era “nuestro querido papá”, un Dios todopoderoso, pero cariñoso, con cada uno; que está siempre contigo para que no tengas miedo. Además, nos enseña que el amor del Padre es gratuito, “…me ama porque me ama, sin condiciones, porque es amor, sin un porqué, sin un para qué, me ama sin interés, porque Él es así, es amor”…

Según el Evangelio, explica Larrañaga, aun los pecadores públicos, se llevan lo mejor del Padre. Por Jesús dejamos de creer en el temor, para creer en el amor, porque Dios cree en el amor y es a través del amor que se atrae a los pecadores a la redención. Por eso, aunque por ello fue criticado, predicó entre pecadores y les dijo que el Padre los esperaba en su casa (Parábola del hijo pródigo). Porque, “son los enfermos los que necesitan al médico y los últimos serán los primeros. El amor del Padre es gratuito y no necesita razones para amar”.

Larrañaga recuerda que “el mal de la enfermedad no es la enfermedad, es el miedo. Todo llega, todo puede pasar, porque el amor no lo puede evitar, pero cuando el hijo amado sea inundado por el amor, el hijo se sentirá libre como si no existiera la enfermedad”.

Padre Ignacio concluye este taller diciendo: “Dios es mi papá, desde siempre y para siempre, soy gratuitamente amado por mi Padre… Todo miedo se lo lleva el viento ante la alegría de tener al Padre, porque no importa cómo hemos sido, somos tiernamente amados por el Padre. Sean felices y ámense unos a otros”.

Confío haber podido llegar a sus corazones y transmitir lo que en su momento me llevó a sentirme mucho más cercana al Padre, a verlo cercano, cuidando de mí y de los míos. No somos perfectos, pero no por ello nuestro Padre deja de amarnos.

 


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