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Nuestra Madre María

Por: Ivelisse Agostini

El recuerdo de mi “mami” ante la celebración del Dia de las Madres llega acompañado de un reconocimiento de todo lo que ella con amor y sacrificio, hizo por mi. Y, es que ella siempre nos dio lo mejor de sus posibilidades, tanto en lo material, como en lo emocional y espiritual. Pero, sigo pensando que su mejor legado fue matricularme en un colegio católico, donde con algunas limitaciones, la educación era de primera, tanto en lo académico como en el aspecto religioso. Esa educación y mi Fe son las que me han apoyado para seguir adelante ante los desafíos de la vida.

Así luce la estampa de la aparición de la Virgen Milagrosa a Santa Catalina Labouré en el altar de la Capilla de La Inmaculada de Santurce. Foto: Ivelisse Agostini

Mi querido colegio, entonces a cargo de las Hermanas de la Caridad, una congregación de monjas primordialmente orientada a obras misioneras, fue el lugar donde aprendí a amar a Dios y a reconocer a la Virgen María, como nuestra Madre del Cielo. Dicen mis compañeras de entonces que yo soy la que tiene mas recuerdos de nuestros primeros años y uno de estos fue que, cuando aprendimos a reconocer las primeras letras, el nombre de María, fue uno de los primeros que aprendimos a “deletrear”, un ejercicio que hacíamos con verdadera alegría.

No existe espacio suficiente para narrar todo lo aprendido y las maravillosas vivencias a través de los 13 años que estuve en el Colegio de La Inmaculada de Santurce, un lugar donde la participación en actividades extra-curriculares era posible, mas allá de la competencia, provocando oportunidades para una formación completa. Sin embargo, quiero destacar que desde nuestra niñez conocimos los pasajes bíblicos con visuales que entonces eran grandes y preciosas ilustraciones en papel o “filminas” proyectadas en las paredes, que servían de inspiración para que las monjitas elaboraran sobre cada tema. Así nos enseñaron el Antiguo Testamento: sobre Dios Padre, sobre el “libre albedrío” conque fueron creados Adán y Eva; sobre la engañosa serpiente, la tentación, el pecado y el castigo; sobre Noé, Moisés y los 10 Mandamientos y la promesa de que el  Padre enviaría al Mesías Salvador, etc., etc., etc. Reconocimos su llegada con el nacimiento de Jesús y lo celebramos, junto con su amor y su gloria en cada Navidad, en cada Semana Santa y en cada Misa. Lo alabamos con oraciones y canciones que interpretábamos en las misas que se daban el primer viernes de cada mes. Allí hicimos nuestra primera Confesión y nuestra Primera Comunión. Allí nos recalcaron que debemos “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. 

Paralelamente, aprendimos que considerar a María como nuestra madre, fue una de las últimas palabras de Jesucristo en la cruz. Ese designio ha servido de inspiración para honrar a la Santísima Virgen en nuestra Iglesia Católica a través de los siglos, tal cual una madre que ama e intercede por sus hijos. Así aprendimos a conocer la advocación de la Virgen Milagrosa, cuyas apariciones a Santa Catalina Labouré están recreadas en la hermosa capilla del colegio. También conocimos sobre otras apariciones marianas como Fátima, Lourdes y Guadalupe, entre otras. Esencialmente, María nos acompañó durante toda nuestra niñez y juventud, nos llenó de alegría y nos sirvió de modelo de grandes virtudes que deseábamos copiar. Por ello, aprendimos a rezar el Rosario, con la vida de Jesucristo como guía de cada Misterio y hacer ofrecimientos de flores cada mes de mayo, tal cual lo debemos hacer con cada madre. En la relación especial que cultivé con la Virgen María, veo en ella el mejor ejemplo de Fe ante el más grande sufrimiento de una madre, de discreción y humildad, pero especialmente, el de quien sabe aceptar la voluntad de Dios.

Curiosamente, a través de las advocaciones marianas que reclaman apariciones de la Virgen, como es Fátima, por mencionar alguna, María nos sigue recordando que debemos amar a su hijo Jesucristo, que solo a través de Él alcanzaremos la Salvación y que para ello debemos  vivir  de acuerdo a su voluntad.

La descripción que hago sobre lo que aprendí de la Virgen María como católica, nada tiene que ver con la idea de que la adoremos igual o más que a Dios Trino. Todo lo contrario, la forma en que reconocemos a María, es precisamente como el propio Jesucristo quiso que lo hiciésemos, como nuestra Madre del Cielo. Quién mejor que Él para, en su infinita misericordia, desear que Ella nos acompañe a través de nuestra vida como lo hizo en la suya.  El mismo Jesucristo que nos anticipó que enviaría al Espíritu Santo consolador y que cuando sucedió el evento de Pentecostés, quiso que María estuviera presente junto a los Apóstoles.

Por todo lo anterior, agradezco a Dios me haya permitido sentirme bajo el amparo de la Virgen María durante toda mi vida, porque ello me ha hecho desear ser mejor persona, mujer y madre, algo que no tengo duda de que Jesús, su amado hijo, así lo ha deseado.


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