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La Parcha y la Pasión

Por: Ivelisse Agostini

Una vez más, el sacerdote de mi iglesia nos sorprendió el domingo pasado cuando, en el proceso de analizar las lecturas del día, nos hizo reflexionar sobre puntos que no necesariamente advertiríamos al escucharlas.

Sin mencionar las lecturas específicas, destaco que el análisis de Padre Orlando giró en torno a cómo el ser humano se pierde de ver lo extraordinario que existe en lo ordinario; en cómo nos quedamos observando lo superficial y no lo profundo. La mayor muestra que hemos dado los hombres de esa “mala costumbre”, fue concentrarnos en que Jesús fuera hijo de un carpintero y no en las maravillas de sus dones, en la sabiduría de sus enseñanzas y en sus muestras de infinito amor.  El mundo sería muy distinto si los hombres hubiéramos aprendido de Él y aplicado correctamente sus enseñanzas. Entonces habrían más profetas en sus tierras y menos injusticias en todo el orbe.

Como un ejemplo simple, pero que yo desconocía y apuesto a que muchos, el padre mencionó que la parcha fue bautizada en inglés por los agricultores, debido a que su flor tiene la silueta de Jesús crucificado, o sea, muestra su pasión en la cruz. Por eso me di a la tarea de encontrar una flor de parcha para retratarla y mostrarla. Ahora bien, esos agricultores dieron muestra de observar lo extraordinario de la flor y, aunque todavía muchos desconocen la razón, a través del nombre le han hablado al mundo de algo extraordinario.

El peligro de esta “mala costumbre” nos lleva a cometer muchos errores que conducen al egoísmo, a la tristeza, a la amargura y a la ignorancia, entre otros males. Y, es que, si solo vemos lo superficial y lo aparente, dejamos de reconocer la mayoría de las cosas verdaderamente importantes y de celebrar lo que tiene verdadero valor. Los ejemplos pueden ser infinitos, casi siempre partiendo de lo cotidiano, como es la vida en pareja, en familia, en el trabajo, en el vecindario y en la iglesia; del bien que recibimos de las personas que nos rodean. Se nos da muy fácil ignorar o menospreciar lo extraordinario. A veces nunca lo valoramos y otras veces, necesitamos perderlo para reconocerlo. No valorar las cosas impide que seamos agradecidos y, si no agradecemos, nos bajamos del “pon” que conduce a la felicidad.

Así que, recordemos que “nunca es tarde cuando la dicha es buena” y comencemos con la buena costumbre de buscar lo extraordinario en lo ordinario. Es tan importante, como el mensaje del pasaje leído el domingo por el sacerdote, en el cual por la forma de ser y la falta de Fe de las personas con quienes había compartido Jesus, en esa ocasión, Él no hizo milagros.

 


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