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El mundo que deseo compartir

Por: Ivelisse Agostini

Más allá de los “placeres”, poder contar con un círculo de amistades y familiares sensibles, solidarios y creyentes, es un privilegio que agradezco todos los días a Dios. Alguna(o)s me han acompañado toda la vida, otros llegaron en mi adultez y otros a través de mi esposo, mis hijos y hasta la profesión. Aunque me consta que estas relaciones han surgido desde perspectivas diferentes, la realidad es que lo que valoro en mi comentario inicial, es lo que nos une, sobre todo, que todos somos personas de Fe.

La sensibilidad común provee para que, cada vez con más frecuencia, nos comuniquemos para compartir vivencias particulares y pedir oración por las situaciones que se nos presentan, personales o de conocidos. Somos parte de un mundo pequeño y representamos entre nosotros un gran apoyo en momentos de prueba y, de alegría, cuando nos sonríe la vida. El acto de humildad que nos permite confiar entre nosotros ya de por sí es valioso, pero es, además, una puerta que se abre para escuchar un buen consejo, una simple expresión de consuelo y, hasta una buena  carcajada (nada como aprender a reirse de uno mismo). No somos tantos, ni santos, ni perfectos; algunos no se conocen entre sí, pero “vivimos en el mismo barrio”, uno que no tiene dirección y donde los vecinos lo que queremos es vivir en paz, compartir lo bueno y lo no tanto; estemos cerca o estemos lejos.

Necesitamos capacitarlos para lograr transformar el mundo, enseñándoles a amar, a ser generosos y a valorar la paz. Suministrada.

Mi “mundo pequeño” es real y depende de la comunicación y de la acción, sea verbal o personal; directamente, a través de una oración a Dios y/o de algún detalle o ayuda. Como dijera Ortega y Gasset, “somos “nosotros y nuestras circunstancias” , por eso, nada es constante, pero sí consistente.

Esta reflexión surge como resultado de observar con tristeza que en el “mundo grande” están sucediendo muchas cosas terribles provocadas por nosotros, hombres y mujeres que, a través de conductas egoístas, provocamos sufrimiento y daños a terceros. Por nombrar algunas de las manifestaciones del daño que provoca el egoísmo basta con hablar de la injusticia social que genera: pobreza, hambruna; enfermedades y falta de atención médica; falta de un techo seguro; falta de educación; gobiernos corruptos; daño al medio ambiente; dictaduras; guerras; inmigraciones masivas; abandono de niños y envejecientes; criminalidad; narcotráfico; incumplimiento de responsabilidades e incumplimiento de leyes; etc., etc., etc.

Como consecuencia de la injusticia social producida por  el egoísmo, se han trastocado los valores morales, se han separado las familias y con ello se ha acelerado el proceso de deterioro del “mundo grande”. Tal parece que vamos  a la deriva, sin líderes capaces de resolver los dilemas a los que nos enfrentamos, queriendo, en muchos casos gobernar solo por ansias de poder, respondiendo a intereses propios y no a los del pueblo. Y… ese mundo grande, en donde lo que vale es “ser el ganador, a cualquier costo”, nos toca la puerta queriendo invadir el nuestro con sus malos frutos: pérdida de empleo; divorcio; rupturas familiares; pérdida de hogar; asesinatos de conocidos y seres queridos; enfermedades; adicciones; abandono de niños; abandono de envejecientes; suicidios, desprecio a la verdad y al honor en todo lo legal, y tanto más. Ese mundo grande es implacable y a veces fuerza las puertas para “compartir” todo lo que sea capaz de quitarnos la paz.

Lo curioso es que en el “mundo grande” todo parece relativo y, promueve que para lograr vivir en paz debes  “amarte” y “dejar a un lado todo lo que te cause dolor”, sin excepción.  Peligrosamente,  esta forma de “amarse” permite que la razón también sea relativa, siempre acomodaticia y en favor del implicado. De ahí que veamos personas con un afán de control desmedido que multiplica la desgracia en otros (el prójimo), muchas veces en desprecio a todo lo que es justo. Ojalá no te suene familiar y que no seas víctima ni victimario de este mal tan común. Y, es que es posible amarse sin odiar; construir sin destruir, perdonarte y perdonar… o sea, “amar al prójimo como a ti mismo.”

El amor, incluyendo el amor propio, y la paz, solo son posibles cuando hay generosidad, NUNCA, siendo egoístas ni disociadores. Si no, prendan el televisor y miren las noticias… el “reality check” será inevitable: el “mundo grande” está “jo&i&0” por el egoísmo. Y todos los que nos apuntemos a ser egoístas, nos veremos recogiendo los malos frutos de esa semilla.

Al final, reitero mi agradecimiento a Dios por permitirme tener un “mundo pequeño” donde existe la generosidad, la fuerza y la paz que nos llegan a través de Él, a través de lo que más nos une, nuestra Fe. También, agradezco a cada “habitante” por siempre estar presente.

Invito a que cada cual reflexione sobre la importancia de cultivar un entorno de personas donde se promueva la generosidad, el valor y el perdón y donde esté presente Dios. De repente, un día descubrimos que hemos reconstruido el mundo grande y vemos con más frecuencia milagros más grandes o más chicos, como los que hemos visto ya en nuestro entorno más íntimo.  Sigamos  intentándolo.


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